¿HASTA DONDE LLEGA NUESTRO CULTO RACIONAL A DIOS?
Por Alfonso Ropero[*]
Según nos enseñó Jesucristo, toda la ley consiste en amar a Dios y al prójimo; amar sentimentalmente, y amar inteligentemente; amar con el corazón, y amar con la mente. Amar en la debilidad y amar en la fuerza. Según el apóstol Pablo, el culto a Dios, la alabanza que espera de su pueblo, es entregarle a Él la totalidad de nuestro ser como ofrenda de amor, «Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12: 1-2). Pablo nos hace saber que nuestro culto a Dios es básicamente un culto racional, que nos recuerda aquella otra expresión paulina para referirse a la oración: «Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento» (1 Cor. 14:15), Hoy culto y alabanza pasan por ser en la Iglesia actividades altamente emocionales. No tiene nada de malo. También nuestras emociones forman parte del nuevo ser creado y regenerado en Cristo Jesús. Sin menoscabar lo uno, ¿qué lugar damos a lo otro? ¿Hasta dónde llega nuestro culto «racional» a Dios? ¿Hasta dónde le hemos ofrendado nuestro intelecto y profundizado en el conocimiento divino?
Proyecto con futuro
Un día de hace años tuvo lugar en la sierra madrileña de Guadarrama una reunión de pastores procedentes de distintas partes de España y pertenecientes al amplio abanico de iglesias evangélicas. Una pregunta central motivaba tan variopinta asamblea: Las iglesias evangélicas en España, ¿pertinentes o impertinentes? No hubo mucho tiempo para tratarla, pero la pregunta se las trae. Sigue en píe, ¿Qué tiene qué decir, qué puede aportar el cristianismo evangélico a los españoles? ¡El Evangelio! naturalmente. Aunque hay muchas maneras de proclamarlo y de compartirlo. Pero dejemos eso ahora. Hay otra cuestión más urgente y dramática: ¿Qué tiene que decir y que aportar el cristianismo evangélico a los evangélicos? ¡Hay tantos heridos por todas partes! ¿Son las iglesias y las comunidades evangélicas pertinentes o impertinentes para sus hijos? ¡Vaya tema! No es para un Congreso, es para un mar de lágrimas. Es la condición previa a un avivamiento. Sólo se puede resolver en espíritu de oración y honestidad.
La juventud parece un género menor. Los jóvenes parecen tan felices con su música y alguna que otra actividad, como ayudar en campañas de evangelización dando folletos y testimonio. Para muchos «discipular» es igual a «testificar» acerca de la salvación a otros. El discípulo es un enviado, un testigo, un embajador de las verdades de Dios en la tierra. La salvación tiene que ver con el alma y todo lo que concierne a la misma: el cuerpo, la familia, la sociedad... y dentro del cuerpo, las emociones, el intelecto, la voluntad, y dentro de la familia, los padres, los hijos, el trabajo, el estudio... y así hasta el infinito. ¿A dónde queremos llegar? A un aspecto básico que parece olvidarse. Sin conocimiento no sólo perece un pueblo, sino que afrenta a la Fuente de donde dimana ese conocimiento. La mediocridad y el simplismo son pecados en la Biblia. Dios ha fundado el mundo con inteligencia y lo afirma con sabiduría. Toda la tierra está llena de su conocimiento. Y es nuestra tarea descubrirlo y aplicarlo correctamente, según profundicemos en nuestro estudio de la Escritura, y para ello es precisa la teología.
El nacimiento de la teología
La pena es que para muchos la teología es una palabra maldita. Suena a incredulidad y se asocia al envanecimiento. Es una tremenda injusticia, porque la vanidad puede ir unida -y a menudo va- a la ignorancia y al simplismo más pecaminoso. «Teología» es una palabra relativamente moderna en el vocabulario cristiano. La introdujo por vez primera Pedro Abelardo en el siglo xii. Venía usándose entre los griegos para referirse al discurso sobre los dioses y las cosas divinas. Los cristianos anteriores a Pedro Abelardo hablaban de «doctrina sagrada», «divinidades» (de aquí lo de Doctor en Divinidades, D,D,), «estudio sacro», etc., hasta que él la empleo para referirse a la ciencia que considera rigurosamente el contenido de la revelación; es decir, de la Palabra de Dios escrita. Aunque la palabra teología no se encuentre en la Biblia, no hay que deducir que va contra ella. Pues entonces habría que eliminar también a la «Trinidad», e incluso la «caída», con que Platón explicaba el encarcelamiento de las almas en los cuerpos, etc.; o vayamos ahora a discutir sobre palabras, no es la costumbre cristiana, como no es perdemos en fábulas ni en historias de viejas. Nuestra meta es el conocimiento de Dios en todo lo que refiere a la vida, espíritu y materia por igual. La vida eterna, ahora y siempre, es conocer a Dios (Juan 17:3).
La fe, como experiencia de salvación, viene primero; la teología, como reflexión de esa experiencia, viene después. Después, pero no nunca. Eso sería negligencia y pecado contra el autor supremo de las Escrituras. Bien se nos amonesta: «Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento...» (2 Pedro 1:5).
Todo es teología
El mallorquín Raimundo Lulio, apóstol a los árabes en el siglo xiii, tiene una manera sencilla y sublime de referirse a la teología. Cito textualmente: «Teología es la ciencia que habla de Dios. Sabe, pues, hijo, que esta ciencia de teología es más noble ciencia que todas las demás. Y como sea que esta ciencia es preferentemente cultivada y amada por los hombres religiosos, por eso son tan honorables. Esta ciencia, hijo, es de tres maneras. La primera es cómo se adquiere conocimiento de Dios; la segunda, cómo se conocen las obras de Dios; la tercera, el conocimiento de cómo se puede amar a Dios y evitar las penas infinitas». Vemos, pues, que la teología cubre todo y sin ella nada está justificado. Cuando evangelizar se reduce a «ganar almas», la atención se centra en la técnica, el método, «la logística» -como se dice hoy- y los beneficios que pueda reportar al prestigio de los organizadores, Entonces la teología -conciencia de Dios- se vuelve innecesaria, incluso molesta. Aunque los resultados la justifiquen... cuando es demasiado tarde, cuando el daño se ha hecho, las vidas se han destrozado, el pensamiento cristiano desacreditado. Sin teología -escribía René Padilla en los años setenta del siglo xx- sin un punto de referencia, la Iglesia termina por ser absorbida por el mundo y sus maneras. «Dondequiera que se predique las buenas nuevas de salvación en Jesucristo, allí hay teología. La teología está implícita en la comunicación del Evangelio, aun en el nivel más elemental, y sin la primera no puede existir la segunda», Desde una perspectiva diferente, nos recordaba ese gran hombre de Dios, A.W. Tozer, que no hay substituto para la teología. Que ésta no se cultive más no la desmerece a ella, sino a nosotros, «Eso indica más bien que los hombres siguen ocultos de la presencia de Dios entre los árboles del jardín, y que se sienten muy incómodos cuando se habla de su relación con Dios. El secreto de la vida es teológico, y lo mismo la clave de los cielos. Aprendemos con dificultad, olvidamos fácilmente y sufrimos muchas distracciones. Por lo tanto, debemos dedicar toda nuestra alma al estudio de la teología. Debemos predicarla desde nuestros púlpitos, cantarla en nuestros himnos, enseñarla a nuestros niños, y hacerlo el motivo de conversación cuando nos encontramos con amigos cristianos». ¡Vaya programa más ambicioso y urgente! ¿Utopía? Nosotros tenemos la palabra. Una cosa es cierta: el joven de nuestras iglesias cuyos conocimientos bíblicos no superen el nivel de la Escuela Dominical, tarde o temprano, sucumbirá a los retos y planteamientos de un mundo y una piedad en constante movimiento. El Evangelio tiene la respuesta, pero es preciso conocerla en todas sus dimensiones: éticas, sociales, económicas, religiosas, culturales. Cómo ore y cómo me relacione con los demás es un fiel reflejo de mi compenetración en esa parte del entendimiento divino que llamamos teología. Si no somos capaces de entusiasmar a nuestros jóvenes y a nosotros mismos con la teología -que es discurso de Dios y sobre Dios- ¿dónde está puesto nuestro corazón? ¿Cómo está de pleno espiritualmente? ¡De su abundancia habla la boca! Donde se incline nuestro corazón allí está Dios: si en las cosas de este mundo, entonces es un ídolo; si en las cosas eternas, entonces es Dios que nos llama con su Espíritu mediante su Palabra. Desde la perspectiva de la eternidad se ven mejor las realidades terrenas. Andrew Murray, testigo de tantos milagros y avivamientos, decía que lo más urgente para los cristianos es volver a enamorarse de la Palabra de Dios. El amor da lugar al conocimiento, el conocimiento a la sabiduría, la sabiduría a Dios en toda su grandeza y perfecta armonía.
Una Iglesia sin teología es como un cuerpo sin sistema inmunitario; es una comunidad afectada por el SIDA espiritual. Tiene los días contados, ¿Hasta dónde llega nuestro culto racional a Dios? La teología, el estudio bíblico profundo, la doctrina cristiana -como quiera que prefiramos llamarla- no es la ocupación exclusiva de los especialistas, teólogos o profesores, es labor de todos los creyentes verdaderos, que adoran a Dios en espíritu y verdad. Todos, en virtud del nuevo nacimiento del Espíritu, somos teólogos en potencia, es cuestión de no poner obstáculos a la obra de Dios. Entonces daríamos lugar a una ciudad bien amurallada, bien preparada y bien dispuesta para presentar y ofrecer al mundo el mensaje más maravilloso jamás contado: las buenas noticias, la gran alegría del Dios que por amor a nosotros se hizo hombre para que nosotros lleguemos a participar de su vida mediante la fe, perdonados y reconciliados.
[*] Doctor en Filosofía por St. Alcuin House University (USA). Máster en Teología por el CEIBI. Graduado de Welwyn School of Evangelism, Herts (Inglaterra). Profesor de Historia de la Filosofía en el CEIBI.

